
En Teherán hay cuatro mujeres taxistas, ni más ni menos. Por azares de la vida hoy he ido a dar con una de ellas. He tenido que esperar media hora hasta que se llenó el taxi compartido porque los hombres, al ver que era mujer, se negaban a entrar en el coche. Al final otra mujer y dos hombres mayores se decidieron a venir con nosotros.
Hubiera querido decir que la mujer taxista respetó la señales de tráfico, se paró en los semáforos en rojo y miró el espejo retrovisor cuando quería adelantar. Pero no fue así.
Su conversación fue entretenida. Me estuvo hablando sobre las bondades de Ahmadineyah y, para más inri, insinuó que, si yo quisiera, su hija podría ser mi novia. Era muy simpática amén de valiente en una profesión de hombres de por sí muy difícil y estresante. Pero pasé casi tanto miedo como el día de la detención cada vez que pisaba el acelerador para impresionarme.
A pesar de todo, creo que Irán es un país maravilloso.