
El oficio de profesor resulta, a veces, complicado porque hay que agradar a los alumnos, a sus padres, a la administración y a los colegas de profesión. A veces, satisfacer a unos entra en conflicto con contentar a otros. En otras ocasiones no hay pie a término medio: "o se está con alguien o se está contra él".
Es difícil tener la suficiente mano izquierda como para torear todo tipo de visicitudes sociales en el Instituto, lo cual genera enfrentamientos, mal entendidos, caras largas, y miradas inquisitivas.
La solución estriba en hablar, en preguntar directamente, ante la más mínima sospecha, "¿qué te pasa conmigo, he hecho algo que te disgustara? De todas formas, intentar alegrar a todos convierte a uno en una especie de máquina sin sentimientos en que "el otro" se convierte en "algo" que actúa y "el yo" se instaura como un "ente" que acude a la bibliografía para reaccionar "con inteligencia emocional" según sea el comportamiento del primero. Y esto, como dice una alumna, "no es plan".